El sorprendente manual de “la vida después de la muerte” que hicieron los egipcios

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En lo que respecta a viajes peligrosos, ninguno que no se realice en el sistema del subterráneo de la ciudad de Nueva York puede competir con los que se describen en El libro de los dos caminos, un mapa místico del más allá del antiguo Egipto. Este manual, una versión previa del corpus de textos funerarios egipcios conocido como El libro de los muertos, retrataba dos caminos zigzagueantes por los que, según las conclusiones a las que llegaron los académicos hace mucho tiempo, el alma, tras separarse del cuerpo del difunto, podía sortear el campo de obstáculos espiritual del inframundo y llegar a Rostau, el reino de Osiris, el dios de los muertos, quien a su vez estaba muerto. Si tenías la suerte de conseguir la aprobación del tribunal divino de Osiris, podías convertirte en un dios inmortal.

“Los antiguos egipcios estaban obsesionados con la vida en todas sus formas”, dijo Rita Lucarelli, curadora de egiptología en la Universidad de California, campus Berkeley. “Para ellos, la muerte era una nueva vida”. Los dos caminos eran una especie de odisea de purgatorio similar a la del juego de fantasía Calabozos y Dragones: extremadamente complicada y tan plagada de peligros que eran necesarias guías funerarias como El libro de los dos caminos para acompañar al espíritu de la persona y garantizar su paso seguro al otro lado.

Entre otros fastidios, el difunto debía enfrentar demonios, hogueras abrasadoras y guardianes armados, que protegían el cuerpo de Osiris de dioses que buscaban impedir su reencarnación, según Harco Willems, egiptólogo de la Universidad de Lovaina, en Bélgica. Para recorrer el más allá con éxito era indispensable tener talento para la teología arcana, dominar conjuros y hechizos poderosos de resurrección y conocer los nombres no solo de los guardianes del inframundo, sino también de las cerraduras de las puertas y las tarimas.

En un nuevo estudio publicado en The Journal of Egyptian Archaeology, Willems detalló cómo el equipo de investigadores que lideró desenterró los restos de una versión de 4000 años de antigüedad de El libro de los dos caminos, el ejemplar conocido más antiguo del primer libro ilustrado. En 2012, reabrieron un pozo de sepultura que se había abandonado hace mucho tiempo en la necrópolis de Deir El Bersha, un poblado ubicado en el costado de un acantilado a medio camino entre El Cairo y Lúxor, al este del Nilo. Ese sitio fue el cementerio principal para los gobernantes o nomarcas de la región durante el Imperio medio de Egipto, aproximadamente del año 2055 al 1650 antes de Cristo, y ostenta varias tumbas con decoraciones elaboradas.

Sombrío, frío, húmedo y estremecedor, el pozo se veía como las ruinas de un bosque oscuro, con cientos de pedazos de tablas de ataúdes de cedro desperdigados por doquier como si los hubiera acarreado una inundación repentina. Dada la fragilidad de la madera de 4000 años de antigüedad, el equipo de excavación empacó los fragmentos con cuidado para conservarlos en la universidad en Bélgica. Los sarcófagos de madera de los grandes del Imperio medio estaban pintados principalmente por dentro. “Estos ‘textos de ataúd’ suelen ubicar al difunto en el mundo de los dioses”, explicó Willems. “A veces se combinan con ilustraciones. En Deir El Bersha, es común encontrarse con inscripciones de El libro de los dos caminos”.

Las imágenes solo se plasmaban con pintura, pero los textos hieráticos se escribían con tinta negra o roja y después se trazaban burdamente con un cuchillo. A pesar de que había desaparecido casi todo el color de las tablas y solo quedaban las raspaduras, Willems logró descifrar muchas de las inscripciones borrosas por medio de imágenes de alta resolución y DStretch, una herramienta de software para la corrección digital del arte rupestre.

En vista de que las tablas tenían grabado el nombre de Djehutynakht, Willems asumió, en un inicio, que el ataúd había contenido el cuerpo de ese gobernante. Sin embargo, tras inspeccionarlo más a fondo, se descubrió que su ocupante en realidad había sido una mujer llamada Ankh, que al parecer tenía parentesco con un funcionario provincial importante. De hecho, los huesos que se encontraron en el pozo probablemente eran de ella, aunque la guía de los dos caminos en su ataúd se refería a Ankh como “él”. “Lo que me parece gracioso es que la guía sobre cómo sobrevivir en el inframundo esté expresada en términos masculinos”, aseguró Willems.

Para los antiguos egipcios, la creación y la regeneración eran algo exclusivo de los dioses varones. “Se creía que las diosas eran seres protectores”, afirmó Kara Cooney, profesora de arte y arquitectura egipcios en la Universidad de California, campus Los Ángeles. En la inscripción, “el pronombre ‘él’ era esencial incluso para las difuntas porque tenían que ser como Osiris”.

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