Los drones se preparan para invadir el mundo y la NASA ya tiene un plan

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Es complicado aventurarse a hacer predicciones sobre el futuro, pero algo parece claro: las escenas de la vida cotidiana en las ciudades tendrán en su banda de sonido los incesantes zumbidos de los drones. Se espera que millones de artefactos no tripulados deambulen por los cielos durante la próxima década para entregar productos, asistir en las transmisiones de TV, efectuar tareas de vigilancia o como mero pasatiempo. Se estima que este año las inversiones en drones superarán los u$s12.000 millones, con un incremento en las ventas de más del 30%. El tema despertó el interrogante: ¿Cómo controlarlos? La NASA ya está diseñando su plan.

El centro de investigación Ames Research Center, que la agencia espacial estadounidense posee en Silicon Valley, se propuso crear una plataforma para administrar los drones que vuelan a baja altura. Conocida comoUTM (UAS Traffic Management), el objetivo es desarrollar un sistema que pueda integrarlos de manera segura en el tráfico aéreo, para que no colisionen entre ellos ni interfieran con helicópteros o el movimiento de los aeropuertos.

Desde 2015 hasta hace unas semanas, los investigadores realizaron cuatro fases distintas de pruebas de campo para incorporar tecnologías que puedan despejar sobre la marcha el espacio aéreo en el que se desplegará cada dron. La clave es mantener los aparatos espaciados de forma segura en sus zonas designadas, pudiendo detectar y evitar choques con otros drones.

La etapa final se centró en uno de los temas más controvertidos: cómo surcarán los drones las zonas urbanas y qué recaudos deberemos tomar. En la ciudad todo es más complicado, hay innumerables obstáculos a evitar, visión reducida, limitaciones para comunicarse por radio y lugares de aterrizaje poco seguros.

Durante los tests se desvió el tráfico para que autos, bicicletas y peatones no se cruzarán con las pequeñas naves y los pilotos de los drones simularon diferentes escenarios que involucraron vuelos múltiples sobre las calles de las ciudades y entre edificios. Se desplegaron un máximo de cinco por vez, aunque otros datos para ir perfeccionado el software se recopilaron utilizando 15 drones simulados por computadora.

Debido a su tamaño, los drones son muy sensibles al mal tiempo y una sola ráfaga de viento que cambie su intensidad por la presencia de un edificio puede generar una dificultad insalvable. Las tormentas eléctricas o la caída de granizo, que se producen de manera cada vez más frecuente e imprevista, son otros de los peligros a tener en cuenta. Así, las condiciones de vuelo de un dron pueden modificarse de un momento a otro y varias veces en un viaje. Por eso necesitarán actualizaciones meteorológicas constantes y predicciones más específicas de “microclima”, por ejemplo, sobre las velocidades de las corrientes de aire a lo largo del camino previsto.

Los científicos, junto a diversas industrias y academias asociadas para el desarrollo de la plataforma, planean incorporar predicciones meteorológicas más localizadas y utilizar la información de cámaras y radares para que los drones puedan maniobrar en la selva urbana, mientras se comunican con otros aparatos y usuarios a través del sistema UTM. La preocupación de la agencia espacial estadounidense es entendible: en ese país, para 2020, podría haber hasta 400.000 drones comerciales registrados a los que se sumarán otros dos millones para uso recreativo.

El sistema es simple y complejo a la vez, y se basa en un programa informático con comunicación digital bidireccional, que chequea los detalles de vuelo de acuerdo a la zona asignada a cada usuario: envía señales al vehículo y recibe la información que el dron devuelve, con sus parámetros de ubicación, nivel de batería y otros detalles.

En las ciudades, hay riesgo de que parte de ese “diálogo” sea interrumpido por los edificios más altos, que al bloquear la señal podrían provocar indeseados segundos de “silencio de radio”. Para resolverlo, los investigadores están trabajando con las empresas de redes celulares para lograr una mejor recepción de las comunicaciones. Los primeros resultados fueron alentadores, pero aún deben hacerse nuevas pruebas para descartar un temido efecto negativo: las interferencias que podrían generar en smartphones y dispositivos móviles.

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